Cuando se habla del cáncer, es común escuchar que sus células son “inmortales”. Aunque esta afirmación no es completamente literal, sí describe una de las características que hacen tan compleja esta enfermedad y uno de los mayores retos para la medicina.
A diferencia de las células sanas, que solo pueden dividirse un número limitado de veces antes de envejecer y morir, las células cancerosas desarrollan la capacidad de seguir reproduciéndose prácticamente sin límite.
Los especialistas explican que las células normales cuentan con un “contador biológico” que restringe la cantidad de divisiones celulares. Al alcanzar ese límite, dejan de multiplicarse o mueren de forma natural.
Las células cancerosas, en cambio, logran evadir este mecanismo mediante alteraciones genéticas. En la mayoría de los casos activan la enzima telomerasa, que protege los telómeros, estructuras localizadas en los extremos de los cromosomas que normalmente se acortan con cada división celular.
Al conservar los telómeros, las células mantienen su capacidad de dividirse repetidamente, favoreciendo el crecimiento y la expansión de los tumores.
Sin embargo, esto no significa que sean indestructibles. Las células cancerosas pueden morir por falta de oxígeno o nutrientes, ser eliminadas por el sistema inmunológico o destruirse mediante tratamientos como la quimioterapia, la radioterapia, la inmunoterapia y las terapias dirigidas.
Lo que realmente las distingue es que su descendencia puede continuar reproduciéndose indefinidamente mientras existan condiciones favorables para su crecimiento.
Uno de los ejemplos más conocidos son las células HeLa, obtenidas en 1951 del tumor cervical de Henrietta Lacks. Más de 70 años después, estas células continúan utilizándose en laboratorios de todo el mundo y han sido fundamentales para el desarrollo de vacunas, estudios sobre enfermedades y nuevos tratamientos médicos.
Actualmente se conocen más de 200 tipos de cáncer y no todos utilizan exactamente el mismo mecanismo para conservar su capacidad de multiplicación. Comprender cómo las células logran esta aparente “inmortalidad” sigue siendo uno de los principales objetivos de la investigación científica, con la esperanza de desarrollar tratamientos cada vez más eficaces.
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